Sucedió en el año 1997 después de Cristo. Jamás se había visto algo semejante. Aquella mágica conjunción astral fue catalogada por algunos astrónomos como una espectacular aurora boreal repleta de luz y de brillo a la que se unió una lluvia de estrellas y meteoritos procedentes de un cometa que pasaba por el exterior del Sistema Solar y que se cruzó en la órbita terrestre.
Pero según un escaso grupo de ciudadanos terrícolas que visionaron el espectáculo, allí hubo mucho más que el posible influjo de la diosa romana del amanecer.
Cuentan que entre rayos de luz, estrellas, espirales, arcos y ondas de múltiples colores, sonaron las melodías de un nuevo disco llamado “Kontiki”, y que en pequeñas zonas del cielo se dibujaron los caretos sonrientes de John Lennon y de Chris Bell. Y cuentan también que los pájaros, incluidos unos halcones americanos que revoloteaban por allí, se posaron en la superficie de la Tierra para disfrutar de la mágica exhibición, mientras que unos afortunados eternos adolescentes allí presentes no daban crédito a lo que acontecía.
Fue el día en que salió al exterior el espíritu de buena parte de la flor y nata del rock más melódicamente perfecto, el cual se había apoderado de un desconocido trío de Texas formado por Robert Harrison, Whit Williams y Dana Mizar. También fue el día en que los COTTON MATHER hubiesen merecido que con gesto de admiración alzaran el dedo pulgar al unísono gente como Bob Dylan, George Harrison, Paul McCartney, Roger McGuinn, Arthur Lee, Alex Chilton, Tom Petty, Matthew Sweet, Gary Louris, Mark Olson, Norman Blake, Raymond McGinley, Gerard Love,…, pero, curiosamente sin embargo, sería Noel Gallagher de Oasis el que algún año más tarde descubriría al mundo con sus manifestaciones este preciado tesoro sonoro.
A día de hoy, “Kontiki” se mantiene como una de las mayores joyas ocultas de la historia del rock a la espera de su progresivo rescate. En ella se aglutina la esencia de la pureza melódica y en ella se culmina y se lleva al máximo esplendor los modelos rockeros con cadencia más armónica.
Cuando nada está a la altura de las circunstancias ahí está la magia y la grandeza de “Kontiki” como método autoestimulante, con sus guitarras tan crudas como poperas, tan contundentes como refinadas. Para la eternidad permanecerán piezas que a buen seguro habrían destacado en discos de los Beatles como “Revolver”, “Sgt. Peppers lonely hearts club” o “Rubber soul” (se dice pronto pero a las pruebas me remito en “Homefront cameo”, “Spin my wheels”, “My before and after”, “Private ruth”, “Aurora bori Alice”, “
Animal show drinking son” o “Autum’s birds”), retazos mayúsculos a lo Big Star como "Lily dreams on" o “Password”, pasajes breves psicodélicos como “Prophecy for the golden age” o powerpoperos como "Church of Wilson", lindezas a lo Byrds como “Camp hill rail operator” o “She’s only cool” y espectaculares cargas dylanitas como “Vegetable row”.
Obra absoluta de la que se podría llegar a afirmar que a veces los hijos están a la altura incluso de lo que hicieron sus ancestros aunque no se les reconozca. Es difícil hallar un diamante mejor pulido. Y sucedió en un año de artesanía rockera como fue 1997, quizás el último año de surtido orfebre más glorioso de la historia en el que vieron la luz otros trabajos maestros como “Ok computer” de Radiohead, “Still burning” de Mike Scott, “Show World” de Redd Kross, “Marchin aready” de Ocean Colour Scene, “Songs from Nothern Britain” de Teenage Fanclub, “Sound of lies” de Jayhawks, ... y "Kontiki" de Cotton Mather. Crème de la crème. Imprescindible.












































