El tiempo (o quizás sea mejor decir su filmografía) me ha enseñado a apreciar el producto Almodóvar. Por cierto, producto español bruto, sin concesiones, de esos productos que no son tan profetas en su tierra como deberían aunque ese detalle casi siempre haya ido parejo con el perfil mayoritario del macho/woman spanish (sin distinción de sexos) que, en muchos casos, se vuelcan realmente con los colores cuando se gana un Mundial, un Oscar o un Festival de Eurovisión por poner algún ejemplo.Ni tanto ni tan calvo, y para gustos colores, por supuesto. Lo que ahora tengo claro es que yo, en mi derecho de expresarme libremente sin faltar el respeto al prójimo y sin ánimo de que mi opinión sea compartida, pueda entonar una especie de mea culpa y reconocer que en el pasado llegué a pecar de prejuicios anti-almodovorianos por motivos que no acierto a comprender todavía (quiero pensar que el director manchego despierta extraños sentimientos enfrentados entre la corteza cerebral y los ganglios basales del encéfalo) ya que siempre fui un defensor acérrimo del cine español, del que en proporción siempre he disfrutado más que del cine hollywoodiense, aparte de que siempre sentí atracción por el sentido creativo, espontáneo e innovador de los productos surgidos en los tiempos de la movida ochentera.
No se trata del cine de autor que más me atrae ni mucho menos pero el caso es que desde finales de los noventa comenzó a mutar mi extrema visión negativa del cine de Almodóvar para valorar progresivamente in crescendo de forma positiva buena parte de su filmografía, incluida la de sus primeros tiempos. Y es que donde dije digo puede que no diga Diego, acaso porque la piel que habito ahora no sea tan tersa y sin arrugas como antaño.
Como siempre que se estrena una película del director manchego (u otros directores célebres), se repiten determinados patrones de promoción con el fin de vendernos la burra y dotar a la película en cuestión de una imagen novedosa y renovadora de su director. Cierto es que en este caso, “La piel que habito” contenía unos ingredientes más atípicos pues ciencia ficción y algo de terror psicológico eran géneros desconocidos en el cine de Pedro Almodóvar. Ahora bien, conforme avanza el film te percatas que van apareciendo camuflados sus habituales temas, personajes, situaciones y obsesiones made in Almodóvar, marca de la casa, esa marca que se odia o se ama, con tantos detractores como admiradores. A todo ello se une en este caso la percepción de un grado superior de un Almodóvar más maduro que refrenda una admirable evolución en los últimos años.El pulso narrativo de “La piel que habito” me parece de matrícula de honor, lo que unido a las sobresalientes y cuidadosas actuaciones de Antonio Banderas (tenía que ser en los brazos de Almodovar para volver a hacer un papel decente), Elena Anaya y Marisa Paredes, permite al espectador mantenerse en vilo durante toda la cinta. De esta forma, la rocambolesca historia (libre adaptación de la novela francesa “Tarántula” de Jonquet Thirrey) de un cirujano plástico que intenta cicatrizar las heridas que le ha causado la vida (menudo panorama entre cuernos y accidente casi mortal de su mujer con múltiples quemaduras y consecutivo suicidio de ella ante su hija, la perturbación de dicha hija por ese hecho con una sufrida ulterior agresión sexual así como demencia por ese motivo y también suicidio),
vengando sus males de forma obsesiva en el posible violador de su hija, hasta el punto de convertir el guión en un thriller épico y oscuro, en el que paralelamente juegan su papel algunas de las pautas habituales de Almodóvar como las figuras de las madres (tanto la mujer como la madre del cirujano así como la madre del agresor/víctima), la identidad sexual (modificación trasgénica del agresor/víctima), o la estética (esos primeros planos del principal personaje femenino a través del cristal, así como los dibujos de graffiti que realiza en las paredes de la habitación donde se encuentra encerrada, o incluso los cuadros de una exuberante mansión) dentro de un complejo argumento repleto de contrastes donde todos los cabos están perfectamente anudados, incluso hasta detalles milimétricos para que el espectador especule con ellos, y con el mérito que supone dotar de veracidad absoluta a escenas absurdas o inconcebibles.Por lo demás, añadir que me parece admirable que un tipo que lleva tantos años en el candelero no se haya contagiado de ciertos males y todavía mantenga vivo el espíritu de la innovación en su diecisieteava película. Hacen falta más Almodovares que aguantan el envite de ciertos sectores de crítica y de ideologías excesivamente carcamales. En resumidas cuentas, he visto en “La piel que habito” a un genio llamado Almodóvar que ha consumido alguna especie de poción mágica de eterna juventud, aunque a algunos le pueda parecer que se haya inyectado botox en los labios, unas buenas castañas siliconadas de forma artificial en los pechos o que incluso se haya practicado una liposucción de grasa estomacal, detalles postizos que son precisamente los que abundan en estos días por otros lares.


























































