A unos les puede parecer bien o natural, a otros les puede resultar indiferente, y existe un tercer grupo al que les puede parecer vergonzoso. Me incluyo en este tercer grupo: me parece vergonzoso que una extraordinaria película (una de tantas) como
“CONTROL” se haya estrenado en España, un país que se considera avanzado y modernizado culturalmente, casi dos años después de hacerlo en el resto de Europa, donde ha recibido multitud de premios y de reconocimiento. Eso sí, estrenada con cuentagotas en un reducidísimo número de salas. De esta forma siempre se podrá alegar que superó la censura total, aunque para algunos tenga sabor a censura parcial. Y mientras tanto, muchas de las proyecciones que aguantan en cartelera son auténticos bodrios degenerativos. Por suerte, en la actualidad existen vías alternativas que a pesar de resultar lejanas al gozo de ser el espectador en una gran pantalla, permiten el acceso a determinadas obras, algo impensable en otros tiempos pasados aunque ello nunca se sabe cuánto puede durar.
He de reconocer que antes de visualizar
“CONTROL”, me producía más morbo e interés una película de
IAN CURTIS que una sobre Jimi Hendrix, Jim Morrison, Janis Joplin, Kurt Cobain, Brian Jones, Bon Scott o cualquier otra megaestrella del rock fallecida en circunstancias similares tales como el exceso y abuso de diversas sustancias combinado con ese endiosamiento superior generado por la industria a fin de sacarle el mayor partido a esas figuras. Asimismo, considero que en
Ian Curtis se dan patrones más terrenales y más cercanos al común de los mortales que los anteriormente mencionados, dentro de lo que es un personaje con un halo de sensibilidad y romanticismo fascinante, alejado de las pautas habituales de los llamados dioses del rock. Además, independientemente de esa subjetiva visión que pueda producir el aprecio por la música de
Joy Division (en mi caso es una devoción permanentemente arrastrada a través de las décadas), creo que es una película que va más allá de los típicos films biográficos sobre estrellas de rock y en donde se desmitifica al artista sin caer en los tópicos habituales.
A lo anteriormente expuesto habría que añadir el interés que suscita que
“CONTROL” sea la ópera prima del prestigioso fotógrafo holandés
ANTON CORBIJN, famoso por sus trabajos con videoclips de U2, Depeche Mode, Coldplay, etc., y dominador de la técnica del contraste como pocos. La película está rodada en blanco y negro, como debe ser dado el período que representa y al tratarse del líder de
Joy Division (me encanta el blanco y negro, quizás sea el influjo de mis colores futbolísticos), siendo sublime y casi perfecta la interpretación que realiza un desconocido Sam Riley en el papel de
Ian Curtis. El guión está basado en
“Touching from a distance”, la biografía de Deborah Curtis, viuda del susodicho artista, mientras que la banda sonora es de lujo (Joy Division, Velvet Underground, New Order, Sex Pistols, David Bowie, Iggy Pop, Buzzcocks, etc.).
Conforme se va desarrollando
“CONTROL” llaman la atención numerosos detalles y datos especialmente significativos tales como un jovencísimo Ian encerrado en su habitación escuchando
“Jean Genie” de Bowie, la perfecta recreación de una ciudad industrial y gris como era Manchester a finales de los 70, la renuncia de una banda al éxito masivo a pesar de las ofertas millonarias, los ataques de epilepsia del personaje principal, el amor hacia su mujer y hacia su amante, sus dudas, sus miedos o sus temores en un universo fílmico que aparenta una constante sensación de frustración, y en el que destacan a mi juicio esos momentos tras los conciertos en los que el padre de familia regresa al hogar y se produce el reencuentro con pañales y biberones. Incluso en la película se consigue captar ese espíritu tortuoso de
Joy Division a través de la corta historia de un grupo musical que se caracterizó por un bajo predominante, unos riffs de guitarra ampulosos y cortantes, una batería atípicamente colérica que escupía golpes cargados de furia, y una melancólica voz de barítono comparable a los registros de Jim Morrison. En definitiva, grupo de culto donde los haya, gran pionero de un estilo que asoló la década de los 80 y uno de los más influyentes de la historia del rock. Con
Joy Division se devolvió el sentimiento y la lírica a la música desde la perspectiva más alternativa. Ecuación matemática: hijo de punk + hijo de poeta = Joy Division.
A pesar de que el final es sobradamente conocido girando alrededor de ese 18 de mayo de 1980, fecha en la que se ahorcaba el más humano de las grandes estrellas del rock después de dejar una nota para su mujer, visualizar
“La balada de Stroszek” de Werner Herzog y casi al compás de la audición de
“The idiot” de Iggy Pop, el director consigue dotarlo de una intensidad memorable llegando a un emotivo y natural dramatismo sin excesos, en el que
“Atmosphere” adquiere un protagonismo estelar, casi revelador como el resto de canciones que aparecen en una película en la que su protagonista no consiguió
‘controlar’ su vida, optando por ese derecho inalienable del hombre a decidir si quiere vivir o morir.
Posdata: por si algún lector del presente no se ha dado cuenta después de este dilatado panfleto, el artículo está dedicado a una gran película llamada
“Control” y a la memoria de la imprescindible obra de un grupo fundamental llamado
JOY DIVISION, una de mis más grandes debilidades a la que siempre tengo que recurrir para
“controlar” la abundancia de información saturante.